Confinamiento: injusto y clasista

México está sufriendo en buena parte del territorio nacional su segundo confinamiento en menos de un año, y los números no dejan lugar a dudas: las cifras de contagios y fallecidos a causa de la COVID-19 siguen aumentando. El virus fue un imponderable que nos llegó de fuera, pero la crisis económica que estamos padeciendo además de la sanitaria, ha sido autoinfligida.

La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos establece en su Artículo 5o. que “A ninguna persona podrá impedirse que se dedique a la profesión, industria, comercio o
trabajo que le acomode, siendo lícitos”, pero desgraciadamente, eso es justo lo que está ocurriendo. Por tratarse de una arbitrariedad, algunos afortunados con los medios disponibles han conseguido ampararse para que sus negocios continúen operando a pesar de los cierres decretados por los gobiernos locales.

Es ahí donde encontramos la mayor paradoja de los confinamientos que, reitero, han dejado claro que la gente se sigue enfermando incluso sin asistir a comercios y centros de trabajo, pues en su casa, el transporte público o dondequiera que tenga contacto con otras personas – quizá sin tantas precauciones-, está contrayendo el virus.

Este, es un escenario terrible: los mexicanos se están enfrentando a una de las peores enfermedades de la historia, mientras sus familiares sanos son despojados de su derecho a ganarse la vida, indispensable además para soportar los gastos que significa tener un miembro (o varios) de la familia convaleciente.

Son incontables las historias y testimonios – documentados en los medios- de familias que han perdido hasta la camisa en un intento por brindar la mejor atención posible para sus seres queridos. Es una pena, pero sabemos que no todos consiguen recuperarse, lo que está dejando a miles con pérdidas humanas irreparables, y además, con daños patrimoniales de los que tardarán años en recuperarse (si es que alguna vez lo hacen).

Mientras tanto, insisto, sólo unos cuantos que cuentan con los medios económicos y legales consiguen ampararse para medio librar la crisis, abrir sus negocios y mantener los ingresos y empleos que generan.

En cambio, la absoluta mayoría de las empresas y empleos formales quedan condenados a la indefensión, el encierro y la ruina.

Los informales, que en buena medida viven al día, no pueden darse el mismo lujo y siguen abriendo a pesar de todo: tienen que trabajar, sí o sí, con todo y pandemia. La suspensión de actividades, por tanto, no aplica para todos, lo que también es injusto.

No hay duda de que existen personas irresponsables que no respetan las medidas de higiene, sana distancia y cubrebocas, pero también lo es que son una minoría. A los demás, que somos los primeros interesados en mantenernos sanos, se nos debe permitir hacer todas nuestras actividades cotidianas – en respeto a nuestras libertades constitucionales-, y las autoridades dedicarse a vigilar el cumplimiento de las reglas de prevención.

Un gobierno que se distrae en clausurar negocios formales que abren como es su derecho, en vez de dedicar toda su energía a salvar vidas, es un gobierno que está actuando de manera despótica, injusta y muy clasista.

Todas las actividades son esenciales para quienes viven de ellas, y condenar a ciudadanos a perder sus empleos y negocios, afecta más y primero a los más vulnerables. Eso, aquí y en China, es clasismo puro y duro.

Y es que los más ricos si bien no son inmunes al virus ni a las afectaciones económicas, sí tienen recursos de sobra para atenderse mejor y aguantar un largo encierro. Los más pobres y los negocios más pequeños – los que más generan empleos en México-, no.

La resistencia civil organizada y pacífica ha probado sus resultados y dado algunos frutos. Por ejemplo, en la Ciudad de México los restauranteros consiguieron que les permitieran abrir – con horarios y aforos restringidos, pero es un primer paso-.

Hace falta hacer mucho más.

Es hora de que todos, trabajadores y empresarios, se levanten unidos contra la pretensión – intencional o no- de dejarlos en la calle. El sometimiento, la obediencia, cuando lo que te ordenan es que “mates” lo que te da de comer, también es un suicidio.

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