El “paradigma del dólar” se resquebraja frente al oro

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Medir, es comparar una cantidad con su respectiva unidad. Así, medimos -por ejemplo- distancias en metros, masa en kilogramos, y el valor en términos de dinero. El problema con este último es decidir con cuál de ellos, en dólares, pesos, euros, en fin. Hay muchos “dineros” que a su vez miden su valor entre sí. ¿Cuál es el bueno?
Tras un largo proceso de discriminación comercial que duró milenios, el oro -y la plata en segundo lugar-, fue elegido por sus propiedades y características como el dinero por excelencia. Se trata de una mercancía ideal para esa función, y por eso entre los comerciantes, desplazó poco a poco pero de manera definitiva a tantas otras que a lo largo de la historia jugaron ese rol, como la sal, las conchas de mar, las hojas de té, granos de cacao, el ganado, etc.
No es casual entonces, que todas las divisas del mundo puedan rastrear sus orígenes en una determinada equivalencia en oro y/o plata. Peso, libra, dólar, son todas unidades monetarias que son más explícitas en dicho origen.
Gracias a la universalidad del oro y su permanencia, fue y sigue siendo el “rey” monetario por excelencia, y por ende, la unidad última para medir el valor.
Dado que en 1971 Estados Unidos abandonó lo que quedaba del patrón oro -por así convenir a sus intereses y de los siempre derrochadores gobiernos del mundo-, no queda ya ninguna divisa que esté “respaldada” o que sea convertible en el metal precioso a una tasa fija. Ni siquiera al dólar, que una vez al concluir la Segunda Guerra Mundial fue considerado “tan bueno como el oro”.
Comenzó pues, de facto, un nuevo sistema monetario con un “patrón dólar” sin respaldo más allá de la deuda estadounidense.
El punto es, que de entonces a la fecha, el valor del dólar se ha desplomado respecto a la medida real de valor: el oro.
De 35 dólares la onza (oz.), hoy por hoy supera los 1,500 dólares/oz.




“Desde la última crisis en 2008, ha habido un aumento masivo en la cantidad de moneda irredimible que el paradigma prevaleciente considera dinero. No ha habido un aumento correspondiente en el Índice de Precios al Consumidor. De hecho, los precios de varios productos, como comida rápida, jeans y la carne, son más bajos de lo que habían sido años o incluso décadas atrás. Sin embargo, pocos cuestionan el paradigma mismo”, dice nuestro amigo Keith Weiner, fundador de Monetary Metals, en un artículo reciente.
Weiner también llama a este paradigma como la teoría de la cantidad de dinero, es decir, los asuntos monetarios se fijan en términos de cantidad. Si hay más oferta monetaria, la consecuencia natural, de acuerdo con la teoría, es que la inflación suba. Sin embargo, en Estados Unidos el índice de precios al consumidor ha aumentado muy poco en proporción a todo el dinero que se imprimió. Entonces, ¿por qué no se registra más inflación?
“En lugar de los precios al consumidor, ha habido un aumento masivo en los precios de las acciones y propiedades. Los economistas nos dicen que el dinero no se destinó a bienes de consumo. Sino que entraron en los precios de los activos”, comenta Weiner y pone como ejemplo la compra de una casa.
“Supongamos que Joe le compra una casa a Mary. Antes de la transacción, Joe tiene 500,000 dólares y Mary tiene una casa. Después de la transacción, Joe tiene la casa y Mary tiene los $500,000. Pero los dólares no fueron a la casa, entraron en la cuenta bancaria de Mary.”
Es decir, la inflación no se refleja en el precio de los bienes de consumo, sino en los activos, como una propiedad, cuenta bancaria y acciones.
“En este paradigma, los precios cambiantes se describen como inflación o deflación. Por lo tanto, los precios al consumidor no crecientes combinados con los precios de los activos de capital que se disparan son la desinflación de los bienes de consumo y la inflación de los activos. Y la cantidad excedente de dinero que se imprimió (que, en realidad, se tomó prestada) después de 2008 entró en los precios de los activos, en vez de a los bienes de consumo”, agrega Weiner.
El viejo paradigma encaja con la política de la Reserva Federal (Fed) y de otros bancos centrales de que, para que el Producto Interno Bruto crezca, se tiene que imprimir una cantidad de dinero necesaria, dinero que en realidad es irredimible y respaldado en deuda que, tarde o temprano, se tendrá que pagar.
Por su parte, el oro es el enemigo del sistema de dinero fiduciario porque es, por sí mismo, el dinero por excelencia. La gente lo ha acumulado por miles de años y la gran mayoría del metal extraído sigue entre nosotros.




Por ello, Keith Weiner dice que el falso paradigma del dólar se cae si se mide su poder adquisitivo contra el oro. Y así es.
Desde el pico reciente, de 24.51 miligramos de oro a principios de mayo, el valor de un dólar medido en oro ha caído un 12% a 20.34 mg. del metal fino, y aún está a una distancia sorprendente de su mínimo histórico establecido en 2011, de alrededor de 16 mg.
“Eso significa: si el precio del oro se duplica, el propietario del oro puede tener el doble de dólares, pero cada uno de ellos vale la mitad. Es bueno tener oro, no para obtener ganancias, sino para evitar la pérdida (de valor) de la moneda”, agrega el autor, que está en lo correcto.
Ningún paradigma dura para siempre y el del dólar algún día caerá. No sabemos cuánto falte para eso, pero ya se está cuestionado cada vez más, la supremacía estadounidense, mientras que el oro -que estuvo aquí mucho antes que nosotros y lo seguirá estando cuando la humanidad haya dejado de existir-, seguirá empoderándose y reclamando su sitio en el mundo, como la medida última de valor.
Visto así, se entiende mejor por qué tener oro en nuestra cartera, es indispensable.

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