Es el estúpido, ¡no la economía!

Definiciones de economía hay muchas, pero son lo de menos. Más importante que entender lo que es, es comprender quiénes hacen la economía: cada uno de los millones de seres humanos que, en todo el mundo, día con día viven y conviven con sus semejantes para ganarse la vida.

Así es: la economía es extremadamente simple, y a la vez, muy compleja, pues como dice el lugar común, “cada cabeza es un mundo”. No hay nada más complejo entonces que millones de mundos interactuando entre sí, sin cesar, cada uno dotado de libre albedrío gracias al cual deciden actuar -o no actuar-, cada segundo de su vida.

La vida, y la economía en consecuencia, transcurren con las personas tomando decisiones, grandes y pequeñas, todo el tiempo.

El “modelo” (que no es tal) económico del mal llamado capitalismo, consiste justo en dejar de intentar controlar esa complejidad infinita, y permitir que la libre interacción de cada individuo en la búsqueda de su bienestar personal sea la que guíe los esfuerzos productivos de la sociedad. Lo que los consumidores demandan, es valioso y permanece; lo que los consumidores ya no quieren y dejan de demandar, pierde valor y tenderá a producirse cada vez menos sin necesidad de que alguien en particular lo decida así.

¿Puede haber algo más democrático que eso, que en una palabra podemos llamar simplemente “mercado”? La respuesta es: no.

La famosa “mano invisible” es entonces una simple metáfora (un tanto desafortunada, por cierto) con la que Adam Smith quiso explicar ese complicado proceso.

Ahora bien: la piedra angular de lo que se suele llamar como capitalismo o “sistema capitalista de producción” -pero que en realidad es simplemente una economía de mercado-, es la propiedad privada. Y es que, ¿puede haber intercambios libres ahí donde no se respeta la propiedad sobre las mercancías que se comercian? Claro que no.

En nuestra sociedad, ¿debe el gobierno ser el garante de la seguridad, la propiedad privada y de la libertad de las personas, o ser el primero en violarlas? La respuesta es obvia.

Pero: ¿qué ocurre ahí donde no vale ni se hacen valer la libertad de las personas y su propiedad? En lugar de la abundancia que traen los individuos a través de la economía de mercado, lo que prevalece es el desorden, la inseguridad, la violación de los derechos de propiedad, escasez y pobreza.

Peor todavía: si quien debiera ser el garante de la economía y de los derechos de cada individuo (el gobierno), actúa como el “gran decisor” central de lo que es “mejor para todos”, de en qué gastar, de qué, cómo, cuándo y dónde producir tales o cuales bienes, el resultado no puede ser otro que la miseria y el desastre.




La gran fantasía socialista de la planificación central, de la igualdad (uniformidad) forzosa, de la riqueza equitativa para todos, es pura y llanamente una descarada declaración de la violación de los derechos de las personas, de su libertad y propiedad.

La economía como hemos explicado arriba, es un “mundo de mundos”, continuamente cambiante, impredecible, incontrolable, donde los intentos de hacer obedecer al líder, al “gran decisor” gobernante -incluso bajo amenaza de muerte-, están condenados a fracasar.

La economía pues, nunca es “estúpida”. Estúpidos son quienes por ignorancia, incompetencia, fanatismo o mala fe, pretenden someterla (o sea, someter a los individuos a sus designios); estúpidos son quienes se ven a sí mismos como todopoderosos, como los “grandes salvadores” que todo lo saben, como más inteligentes que millones de personas trabajando para sí mismas y sus familias.




Esos ignorantes económicos son los causantes de los peores desastres de la historia: hambrunas, crisis, devastación y miseria.

Un gobernante así es el que tenemos en México, lo que por desgracia, nos asegura un futuro lleno de dificultades, y no hay manera de solucionarlo por el momento. La única salida real, la única solución a estas alturas, es salvarnos a nosotros mismos y nuestras familias.

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